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Periodistas de provincias: Carta del director, Jesús Picatoste, en el número 43 de la revista Periodistas

 “El periodista de provincias, que sufre las presiones en semejante medida al de la capital, aún ha de padecer un negativo extra endiablado: la proximidad física de quien le exige sumisión, la vecindad de quien se cree amo y señor, la prepotencia cercana de quien influye en los círculos sociales… Y  quizá la más dolorosa: la escasez de puestos de trabajo en esa zona…“

 

Lo confieso: hubo una época inicial en mi carrera que sentía debilidad por el entonces llamado “periodismo de provincias”. Podías elegir periódico, para cumplir con las prácticas obligatorias, entre una veintena de cabeceras, cobrabas más o menos correctamente, los veteranos colegas te acogían paternalmente, cultivabas variedad de labores informativas, aprendías, en suma, y apenas si estabas resabiado. Cuando ahora el joven periodista te pregunta por tus inicios profesionales y le cuentas que uno se estrenó realizando vestuarios de futbolistas en un torneo veraniego, tras perseguir la polémica arbitral, se queda sorprendido. Apenas si valora ese considerado “periodismo menor” de la ciudad pequeña porque ignora que se puede aprender hagas lo que hagas si consagras vocación y esfuerzo. Aprendes, por ejemplo, que para recoger las impresiones de los protagonistas de un partido de fútbol local, sobran por su obviedad casi todas las preguntas y que esa experiencia te ayudará en el futuro para cualquier entrevista de mayor alcance. Esa escuela del periodismo provinciano de tantos años atrás suele ser evocada orgullosamente por muchas de las primeras figuras del periodismo actual que reconocen el cambio tan profundo en el desarrollo de la profesión. Ahora, la interinidad en las redacciones, los plazos cortos laborales en el medio, impiden o dificultan una continuidad profesional que genere la implicación auténtica en la empresa. Si aplicamos un término deportivo, diríase que apenas si pueden surgir periodistas canteranos.

La evolución de la prensa de provincias ha sido tan considerable que distinguir sus contenidos y  presentación cuando se comparan con los de las grandes capitales requiere mucho más que un simple vistazo. Pero fijarnos solo en las ediciones de papel no sirve para justificar la transformación profunda del profesional de la información. Y no basta con acudir a un único argumento porque son varios: las nuevas tecnologías, la globalización, la adaptación de las empresas al nuevo orden sociológico y tantos otros aspectos que ya configuran el panorama mediático de ahora mismo. Lo cierto es que el histórico “periodista de provincias”, voluntarioso, entregado a su vocación, comprometido con sus ideales, aparecía limitado en su labor porque la sociedad no daba más de sí y el distanciamiento con la importancia y consideración del periodista de la capital era más que notable, situación que ya ha cambiado porque la sociedad toda ha modificado su ritmo vital. ¿Acaso hay en este momento esas diferencias entre “el de provincias” y “el de la capital”, cuando unos y otros gozan de igualdad de oportunidades para su formación y capacidad profesional demostrada? No pienso que sean significativas, afortunadamente, al menos en el plano operativo y conceptual. Sería interesante explorar ese capítulo.

Vivimos la clase periodística una etapa confusa que afecta a todos los estamentos del mundo informativo. Quizá tanta incertidumbre provoque un cúmulo de reacciones, donde en ocasiones apenas si se reconocen propios errores y se exageran las responsabilidades ajenas para cargar culpas de nuestros males. No hay que ser masoquista, en absoluto, pero tampoco exagerar un victimismo que no nos favorece si pretendemos descubrir las soluciones a tantos problemas agobiantes, ya sean laborales, económicos, legales… No nos vendría mal algo de humildad. Pongo como ejemplo la insistencia en proclamar que queremos un “periodismo sin `presiones”. ¡Naturalmente! Pero estamos obligados a asumir que el periodista está – y estará siempre- condenado a presiones variadísimas: de los bancos, de las fuerzas financieras, de los partidos políticos, del gobierno y la oposición, de los jefes de turno, de los corruptos, de los movimientos sindicales, de los amigos, de los familiares, del cuñado, de la pareja o del amante… Y de los lectores, o seguidores, cuyos vaivenes determinan de alguna manera, nos guste o nos disguste, el fondo y la forma del relato informativo. No es agradable reconocer que la presión es connatural con el ejercicio del periodismo. Cabe catalogar como ventajismo el hecho de denunciar exclusivamente las coacciones opuestas a los intereses propios y aceptar las favorables.

El periodista de provincias, que sufre las presiones en semejante medida al de la capital, aún ha de padecer un negativo extra endiablado: la proximidad física de quien le exige sumisión, la vecindad de quien se cree amo y señor, la prepotencia cercana de quien influye en los círculos sociales… Y  quizá la más dolorosa: la escasez de puestos de trabajo en esa zona mientras que la capital siempre ofrecerá más posibilidades laborales. Hay mucho periodista de provincias que, en su anonimato, honra la profesión pero se le trata de ningunear como si los de la gran capital anduvieran sobrados de méritos sin mezcla de mal alguno.